Más de mi amigo Antonio Viñas

Dos relatos cortos del libro “Los cielos del campo” de mi amigo Antonio Viñas “el de Benalauría” para los colegas de Málaga. Por lo de diferenciar los “Antonios” de los que hablamos.

Jardín de infancia

La escuela aún conservaba los aires de la posguerra, con una vieja maestra de delantal e imperdibles en la solapa, autodidacta y cabal en la tarea de cuidar criaturas. Su único método fue la voluntad y el afecto que ponía en cada gesto, en cada frase, en cada palabra de tiza. Y ellos, aún eran escuálidos arbustos, alevines de orinal de plástico y babi a rayas sobre las rodillas timbradas de costras y lustrosos churretes, que eran el resultado de un permisivo callejear parecido al de los insectos sobre la superficie de la tierra.

Una peseta por día como recibo diario, treinta pesetas por mes, y había que transportar la pequeña silla de anea desde sus casas hasta una cuadra sombría que servía de aula. No existían los juegos articulados, ni los pupitres, ni tan siquiera un mapa de España. Acaso, una triste pizarra recompuesta y la luz que entraba por la ventana que, en los días claros, le plantaba cara a la fría humedad de la pobreza.

Aun así, en aquella escuela de novicios, aprendieron a fabricar garabatos y ensalzar los altos vuelos agudos del “venid y vamos todos con flores a María”. Allí usaban, herencia de sus hermanos, plumieres de madera de varias alturas, llenos de cajoncillos y recovecos que, perfectamente ensamblados por un tornillo, se abrían por el piso de arriba y desplegaban sobre el aire un fragante y comestible aroma a carboncillo: lápices de colores, sacapuntas, tinteros en desuso, gomas roídas, minúsculas calcomanías, tuercas… todos les servían como amables herramientas para instruirse en su quehacer infantil.

Así, con Sebastiana, la Coja, la maestra, y bajo la atenta mirada del cuadro de un general uniformado, dieron sus primeros pasos en el oficio de la obediencia, a la par que en el de la caligrafía y los espontáneos juegos colectivos.

Además, aprendieron en alguna salida al campo a esperar de mayo la imaginaria crecida de las amapolas y el trasiego de bumerán de las golondrinas que, incesantes, navegaban desde el cielo hasta la inalcanzable redondez de los nidos de arcilla que diseñaban bajo el vuelo de los tejados rojizos.

La Casita de la Barbería

La Casita de la Barbería. Benalauría.

La primavera de cobre

La jornada de trabajo en los castañares, donde la cuadrilla de hombres y mujeres tenían por encargo acopiar las últimas frutas erizadas de noviembre, tocó a su fin. Un ejército de nubes entristecidas acababa de batirse entre el aire dejando como testimonio una prolongada ráfaga de crudo aguacero. En la emboscada de lluvia, el último de los truenos avisaba que la tormenta, aunque ya lejana, estaba aún descargando su equipaje de fosforescencia y rabia en las zonas más altas de la Sierra de las Nieves.

Castaños en Otoño

Todos, minutos antes, con sus troncos encorvados y mirando a la tierra, se aprestaban a abrir golpeando con mazos de madera los erizos, uno por uno, que como un abrigo protegían la fruta en su camino a la madurez. Así, esa redondez forjada de agujas quedaba abierta como una boca destartalada y herida, de la que salía un racimo de castañas marrones que, al instante, eran dispuestas sobre cestas entretejidas de varetas de caña y canastos de olivo y mimbre.

Un grupo de recogedoras que se habían puesto a cubierto bajo el castaño más grande y con chambergos impermeables, lograban salvar sus talegas de costo de las rachas de aire que el viento enhebraba en su huida. De esta forma, entre el asombro y la resignación, pasaban el tiempo a la espera de una escampada que las aliviara en su regreso al pueblo. Mientras tanto, alguna casamentera, en la improvisada tertulia bajo las ramas goteantes, levantaba el vuelo sobre los últimos rumores del noviazgo de Candela, la Chisme) o el posible embarazo de Isabelita, la Limona, que había iniciado relaciones con un arriero de los caseríos de Siete Puertas.

Cuando por fin serenó el cielo su estampida, todos, aligerando el paso, partieron vereda abajo camino del pueblo. Ellas no volverían mañana porque era el día de los difuntos y debían engalanar los nichos de sus familiares y, al otro, el día de todos los Santos, para el que reservaban el mejor de los vestidos en su visita a la parroquia.

En el Valle del Genal

Por esas fechas, el frondoso bosque de castaños que dejaban atrás expresaba su máximo esplendor de otoño. Sobre sus ramas, una estirpe de hojas verdes transigía en su fulgor hacia el pardo, el rojizo y el ocre. Nadie quedaba inmune ante la presencia de una inesperada primavera que se hada en el verde y se encendía en cobre. Desde la lejanía, las manchas de arboledas sobre el paisaje convertían el castañar en una luminosa fragua donde Basilio, el hijo de la Mora -una de las recogedoras de edad-, que el año que viene finalizaba el bachillerato, encontraba mundo para trazar sus primeras metáforas que guardaba con extremo celo entre sus libros. En ellas, en las metáforas de sus primeros versos, anidaban los más altos sueños de Basilio y las gélidas emociones que traería en su visita el cercano invierno a la austera soledad mistral de la montaña.

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