La Leyenda de Juanillo el de Pasadallana

Imágen del poblado de La Sauceda

Levantaba apenas un palmo el sol sobre el prado. El rocío resbalaba lentamente sobre los pétalos irisados de una alfombra tupida de poleos y sus aromas viajaban adheridos a cada átomo insustituible de la mágica atmósfera de La Sauceda. La garganta de Pasadallana iba quedando atrás al remontar Juanillo, el sobrino de Lorenzo “El Farruco”, el bujeo del Gallego.

Un joven venado trotó con descaro al cruzar el sendero y su imagen pareció devolver a la realidad al fornido zagalillo. Hoy era un día importante para él. Sus pasos lo dirigían, rápidos y seguros, hacia su primera experiencia como hombre hecho y derecho

A pocos minutos pasaría junto a la casa de la Laguna del Moral; poco después, donde el quejigo enlaza sus ramas con el algarrobo forastero que un día engendró la cabra en sus heces, hallaría Juanillo su amanecer hacia la madurez: la Casa de La Coracha.

Laguna del Moral

Un pariente cercano del Tío Bernardo “El de La Ermita”, Pedro el cabrero, vino a asentarse en una casa que, antaño, perteneció a Tía María “la de La Pasá”. Pedro vivía solo con sus seis hijas desde que su mujer muriera de una mala fiebre.

Era familia pobre, por lo que no contaban, entre otras carencias, con suficientes mudas de ropa. Esto era conocido por todos los jóvenes del lugar; así como el hecho de que, un día a la semana, cada pareja de hermanas lavaba sus vestidos y mudas interiores, por lo que permanecían ocultas en la casa hasta que al atardecer sus prendas secaran.

Los muchachos se ocultaban entre los jerguenes y escobones cercanos y esperaban pacientemente, como la gineta acechante observa y espera el descuido del arrendajo, a que alguna de las mujeres saliera, ocultando pudorosamente con sus manos y cabellos aquellas zonas que persiguen delirantes los ojos predadores de imágenes placenteras.

Flor junto al prado

Juanillo fantaseaba con la idea de poder contemplar la belleza inalcanzable de María, la hija menor de Pedro, con la lozanía de sus fragantes dieciséis años.

Una vanesa interrumpió su discurso onírico con su pululante aletear; el majuelo quebró con su flor el deambular de la mariposa y su olor despertó definitivamente la mañana que, entre la niebla, poco a poco, se abrió paso camino del quejigal justo cuando Juanillo ocupaba su puesto de acechador frente a la casa.

Laguna del Picacho

Durante las dos horas siguientes pareció no pasar nada. El ritmo frenético y acelerado de su corazón provocó la estampida de cualquier forma de vida en varias fanegas a la redonda. Nada ni nadie se movía para Juanillo; solo el olor fragante de la ropa de María devolvió el tiempo al bosque y la vida consciente al joven. La puerta estaba entreabierta. Juanillo se estremeció como el rododendro en el arroyo. Se había asegurado bien de que ningún otro jovenzuelo se acercara por allí. Solo pensar que alguien mas pudiese disfrutar de aquella inconmensurable visión le hacía perder la calma tensa: era y debía ser su tesoro… Un tesoro de imágenes irrepetibles.

De repente, la puerta sonó a castaño añejo y rasuró el suelo hasta abrirse por completo. Una grácil cabellera negra apareció encortinando el umbral; después unos ojos y una nariz que otearon a un lado y otro y, finalmente, un cuerpo que se adivinaba por sus formas oculto tras de un vestido que asía en alto una trémula mano, morena y trabajada, pero con la belleza de unos gráciles y femeninos dedos rematados por felinas uñas que, Juanillo, presintió resbalando por su torso. Toda su espalda relampagueó contoneándose, como aquel oso que en primavera encontró cerca de la Cueva de La Mina, adosado literalmente al tronco poderoso de un castaño en flor, ronroneando.

María, como un corzo al descubierto, cruzó rauda la pequeña distancia que la separaba de un improvisado tendedero entre el algarrobo y la ventana.

Ahora estaba de perfil, a escasamente diez metros de Juanillo. Este había buscado un buen cubil; entre el escaramujo, el escobón y el jerguen emergía un profuso y denso majuelo que le ocultaba perfectamente. María ya había tendido toda la ropa. Se giró y el corazón de Juanillo no lo pudo resistir. María… frente a él, posó sus ojos, delicada y dulcemente sobre el majuelo, los deslizó hacia su mirada hasta encontrarla y, con un efímero destello de pudor, le sonrió regalándole toda su eternamente sensible belleza. Juanillo sintió por un momento como se desplegaban sus alas y batía el cortejo de la grulla damisela, profitaba los más melifluos sonidos del cárabo enamorado y, como ruiseñor envelesado en una primavera nupcial imperturbable e infinita, cantó. Cantó toda la noche. Cantó todas las noches de su vida con el polifónico trinar ensimismado de cualquier zarcero que pregona su territorio.

Y ahora, sesenta años después de la visión tan deseada, hay una anciana sentada junto a la Laguna del Moral que aún cree oír, en lo mas oculto del bosque, el trino que la desgarra de Juanillo el Hechizado.


(Agosto-Septiembre 1997)

Cabaña de piedra en La Sauceda

Anuncios
Explore posts in the same categories: Poesía personal

One Comment en “La Leyenda de Juanillo el de Pasadallana”


  1. […] es más que una recreación homónima que rememora esas tardes o noches en el Bosque encantado de La Sauceda, en los que parece que nunca parará de llover y La Garganta de Pasadallana y su río se esconden […]


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: